Dos de marzo de 2006: primer día de clases de primer grado. Era la primera
vez con una maestra parada al frente, los bancos eran distintos. Ya no eran
mesadas en grupo eran bancos individuales, te sentías lejos de tus amigas del jardín.
La primera vez que agarrábamos un lápiz para formar letras, ya no pintábamos los
típicos dibujitos de animales, el león, el mono, el sapo.
Comenzamos a escribir nuestras primeras letras que eran las vocales y repetíamos
letra por letra una y otra vez , reglón por reglón.
Con mis amigas nuevas de primer grado, nos encantaban los lápices de colores:
el rosa, el violeta, éramos las típicas nenas de primer grado. La cartuchera
tenía los lápices acomodados por colores, todo ordenado.
Cuando nosotras éramos chicas no nos gustaba coleccionar figuritas para los
álbumes, éramos más traviesas. Un día organizamos una competencia a ver quién tenía
más punta de lápices.
Nos juntamos en grupos de a dos. Mi mejor amiga y yo nos pusimos juntas. Al
principio comenzamos a quebrar las minas de nuestros lápices. Un lápiz suyo,
uno mío y los metíamos dentro de una lata. Pero nunca se llenaba.
Entonces se nos ocurrió pedir prestado los lápices de nuestros compañeros e
ir quebrando las puntas. Pero se fueron dando cuenta y no nos prestaron más.
Cuando todos salieron al recreo mi amiga y yo nos quedamos en el aula
escondidas y empezamos a sacar la punta a todos los lápices sin que nadie sepa.
Luego del recreo cuando nuestros compañeros volvieron encontraron todos sus
lápices sin punta y nos acusaron a nosotras. Nos negamos rotundamente y
cortamos también las puntas a nuestros propios lápices para que no quedaran
evidencias en nuestra contra.
Sin embargo, nos mandaron a dirección. Pero cuando llegamos la directora no
estaba, así que volvimos diciéndole a la maestra que ya habíamos hablado con
ella. Por suerte nunca se enteró que habíamos mentido.
Después de ese día dejamos de cortar puntas, pero comenzamos otras
travesuras mejores.
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