Era un día cualquiera, un día de primario, más o menos tercer grado, estamos en el polifuncional del colegio, éramos las cuatro divisiones, A, B, C y D, todos practicando para un acto, seguramente alguno de esos actos sobre las fechas patrias. Esos donde se representaba lo sucedido en aquel tiempo. Yo, al igual que todo el curso, estaba ahí, en la fila, formando como nos indicaban las seños, que organizaban los actos casi con precisión militar. Derrepente, de entre el murmullo previo a la práctica, un grito raro, loco, desquiciado interrumpe la espera. Un quejido de protesta y enojo. Juansito. Una de las seños lo intentaba tomar del brazo para acomodarlo en su lugar, lo que provocó ese semejante grito, luego, un violento tirón de Juan le permitió librarse del brazo de la seño, quien se alejó un par de pasos. Ya con la atención de todos, y un paso a la derecha de la fila, se veía a Juan forsejeando con la maestra, él, sin aviso y para sorpresa de todos ¡ZAS! Le pego una patada a la maestra. En respuesta al salvaje golpe la seño le lanza una cachetada (de esas que te dejan la marca de la mano en la cara) al tiempo que se retira diciendo -Ahora te expulsan del colegio-.
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