Recuerdo aquella mañana del 15 de diciembre como si hubiera sido ayer; era un día gris, y tanto había llovido que las calles estaban todas llenas de agua, obligando a la gente a buscar otros caminos para llegar a sus respectivos destinos.
Yo estaba en segundo año. Cuando llegué al colegio, se largó una tormenta muy fuerte, una de esas típicas de verano; me bajé del auto con mi campera de lluvia y corrí lo más rápido que podía para llegar a la entrada de la recepción, pero, de repente sentí que perdía el equilibrio a causa de un charco de agua que había en medio de mi camino, y así fue como me resbalé dándome un fuerte golpe contra el suelo, sintiendo como consecuencia un gran mareo, pero por suerte la recepcionista estaba asomada por la ventana del lugar y apenas me vio salió para ayudarme, y gracias a ella pude llegar hasta la recepción, quedándome un rato sentado en el sillón del lugar hasta que se me pasara un poco el dolor que tenía en la cabeza.
Quince minutos más tarde, logré poder levantarme e ir hasta mi aula que estaba ubicada en el segundo piso de la escuela. Cuando llegué, vi al resto de mis compañeros que también iban a realizar el examen, quienes no podían ni abrir el libro de la materia a causa de los nervios que tenían. Yo era el quinto en la lista; aprovechando el tiempo que tenía antes de que fuera mi turno, saqué de la mochila el materias que tenía, para repasar y estar seguro de que me iba a ir bien.
Ya habían pasado alrededor de 30 minutos, cuando sentí que la profesora me llamaba desde el aula, con esa voz tan finita y chillona que tenía. Mi turno había llegado, guardé todas mis cosas, me levanté y fui caminando hasta la entrada del aula, finalmente había llegado mi turno...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario