Un día como todos los aburridos
y deprimentes lunes, luego de un insuperable fin de semana, el usual timbre del
recreo de las 9:25 sonó y mis amigos y
yo salimos corriendo a la cantina para poder llegar primero porque si te
demorabas un segundo se transformaba en una selva llena de animales empujándose
para conseguir comida. Compramos las cotidianas porciones de pizzas que nos
hacían acordar a aquellas frías vacaciones de invierno en Bariloche. Luego fui
con Julio, Francisco, Matías y Julián a jugar a las escondidas al patio. En una
de las partidas, Matías termino de
contar y salió a buscarnos por el gigantesco patio rojo que parecía
interminable. Durante su recorrido encontró a julio detrás de una pared, por lo
que se generó una veloz carrera hacia la meta. Julio desesperado por ganar,
quiso tomar un atajo y se metió por una zanja en donde se cayó de costado partiéndose
la oreja en dos y formando una laguna de sangre en el piso. Nosotros sin saber
que hacer nos quedamos todos mirándonos sin ayudarlo del susto que teníamos. El
timbre del fin del recreo empezó a sonar y sin saber que hacer salimos todos
corriendo hacía el aula para que la señorita no nos rete y dejamos a julio en ese
mar de sangre que ya había dejado de ser una laguna. Luego, unos chicos más
grandes encontraron a julio y lo llevaron hasta la dirección donde le tuvieron
que hacer 250 puntos para cerrar la herida. Al finalizar, lo llevaron al aula
donde estábamos todos pensando que ya había muerto.
250?
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