domingo, 3 de abril de 2016

Las Escondidas

                Un día como todos los aburridos y deprimentes lunes, luego de un insuperable fin de semana, el usual timbre del recreo  de las 9:25 sonó y mis amigos y yo salimos corriendo a la cantina para poder llegar primero porque si te demorabas un segundo se transformaba en una selva llena de animales empujándose para conseguir comida. Compramos las cotidianas porciones de pizzas que nos hacían acordar a aquellas frías vacaciones de invierno en Bariloche. Luego fui con Julio, Francisco, Matías y Julián a jugar a las escondidas al patio. En una de las partidas, Matías termino de contar y salió a buscarnos por el gigantesco patio rojo que parecía interminable. Durante su recorrido encontró a julio detrás de una pared, por lo que se generó una veloz carrera hacia la meta. Julio desesperado por ganar, quiso tomar un atajo y se metió por una zanja en donde se cayó de costado partiéndose la oreja en dos y formando una laguna de sangre en el piso. Nosotros sin saber que hacer nos quedamos todos mirándonos sin ayudarlo del susto que teníamos. El timbre del fin del recreo empezó a sonar y sin saber que hacer salimos todos corriendo hacía el aula para que la señorita no nos rete y dejamos a julio en ese mar de sangre que ya había dejado de ser una laguna. Luego, unos chicos más grandes encontraron a julio y lo llevaron hasta la dirección donde le tuvieron que hacer 250 puntos para cerrar la herida. Al finalizar, lo llevaron al aula donde estábamos todos pensando que ya había muerto.

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