Otra vez, la selección mayor del deporte más lindo del mundo
vuelve a vivir un deja vú. Tres finales en tres años. Y la decepción era un
sentimiento común para los mediocres que no valoraron el esfuerzo de los 23
guerreros que cargaban con la ilusión de los albicelestes. El pueblo quería volver
al apogeo de la selección cuando el astro del fútbol mundial, el Diego nos ayudó
a vengarnos de aquellos piratas que nos sacaron nuestra tierra. Pero ahora, el
tiempo no es el mismo.
Llego el día, miles de argentinos sintiendo la emoción de
vivir una nueva final, ahí en una de las ciudades más lindas del mundo. Comenzó
el partido, se veía un equipo enchufado buscando la gloria, tocar el cielo con
las manos, pero el árbitro nos jugó una mala pasada, repartió rojas para los
dos equipos, pero para nuestros representantes, el bandido echó a un defensor
central, el pilar del equipo. Y así fue, cuando el capitán chileno, Arturito Vidal
nos controló el partido. El delantero central de la albiceleste perdió una
chance clara del gol, se fue a centímetros del palo izquierdo del arco que
defendía el arquero del mejor equipo del mundo. Nos fuimos a los penales,
millones de argentinos y hermanos latinoamericanos, hinchaban para que se logre
el sueño del mejor jugador del mundo de la actualidad. El mismo, falla el
primer penal. Minutos más tarde la ilusión se acabó, cuando el gringuito de la
Lazio vuelve a errar un tiro desde los doce pasos.
Se volvió a repetir la situación vivida en 2014 y 2015, el
segundo puesto se veía como una fija para la selección y la decepción era un
sentimiento que se repetía cada segundo, cada minuto. Los mediocres que
criticaron al mejor jugador el mundo, salían a la calle con el peco inflado,
como si ellos hubieron hecho un cuarto de lo que logro él, el hombre perro.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario