martes, 30 de agosto de 2016

Otra vez.

Otra vez, la selección mayor del deporte más lindo del mundo vuelve a vivir un deja vú. Tres finales en tres años. Y la decepción era un sentimiento común para los mediocres que no valoraron el esfuerzo de los 23 guerreros que cargaban con la ilusión de los albicelestes. El pueblo quería volver al apogeo de la selección cuando el astro del fútbol mundial, el Diego nos ayudó a vengarnos de aquellos piratas que nos sacaron nuestra tierra. Pero ahora, el tiempo no es el mismo.
Llego el día, miles de argentinos sintiendo la emoción de vivir una nueva final, ahí en una de las ciudades más lindas del mundo. Comenzó el partido, se veía un equipo enchufado buscando la gloria, tocar el cielo con las manos, pero el árbitro nos jugó una mala pasada, repartió rojas para los dos equipos, pero para nuestros representantes, el bandido echó a un defensor central, el pilar del equipo. Y así fue, cuando el capitán chileno, Arturito Vidal nos controló el partido. El delantero central de la albiceleste perdió una chance clara del gol, se fue a centímetros del palo izquierdo del arco que defendía el arquero del mejor equipo del mundo. Nos fuimos a los penales, millones de argentinos y hermanos latinoamericanos, hinchaban para que se logre el sueño del mejor jugador del mundo de la actualidad. El mismo, falla el primer penal. Minutos más tarde la ilusión se acabó, cuando el gringuito de la Lazio vuelve a errar un tiro desde los doce pasos.

Se volvió a repetir la situación vivida en 2014 y 2015, el segundo puesto se veía como una fija para la selección y la decepción era un sentimiento que se repetía cada segundo, cada minuto. Los mediocres que criticaron al mejor jugador el mundo, salían a la calle con el peco inflado, como si ellos hubieron hecho un cuarto de lo que logro él, el hombre perro. 

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