Era un día como cualquier otro. Me levanté de mi cama y por acto seguido abrí mi ventana. Lo que observé no podía estar sucediendo. Era una moto con dos hombres encima, llevando un colchón con una mano y con la otra llevaban zapatillas de correr. Detrás de este vehículo le precedía un Renault 12 con 5 personas cantando "Sos un botón" por las ventanas como si fuese una revolución social.
Al instante, me vestí, bajé las escaleras y me los encuentro a mis padres que me estaban esperando sentados en el sillón viendo El Trece. Les pregunté que había pasado y porqué tanto alboroto desparramado por la calle. Ellos me respondieron "la ciudad es un caos". Presté un delicado detalle a la televisión y en ella podía ver las cámaras que ofrecían una vista panorámica de la gran ciudad de Córdoba siendo robada y saqueada por hombres, mujeres y niños que aprovechaban la oportunidad en la cual los policías decidieron autoacuartelarse por reclamo de salarios más altos. Las 21 provincias que estaban siendo afectadas eran un caos total, como si fuera tierra de nadie.
Aquí las personas al verse vulnerables utilizaban todos los medios de defensa posibles para proteger los negocios de cuales se abastecen, sus casas en cual habita su familia e infinidades de cosas que son de suma importancia para los cordobeses. Pasé todo el día en casa recibiendo llamados de mis tíos que perdieron gran parte de su mercancía (son dueños de una pequeña distribuidora en el centro), mis abuelos que les rompieron los vidrios y algunos parientes más que acudían a la voz de mis padres para estar al tanto de lo que sucedía. Este infierno terrenal acabó el dos diás después. Los primeros signos después de que la seguridad volviera a nuestras calles se podía resumir a llantos, desilusiones y desesperanza por haber sido violados nuestros derechos civiles.
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