Mucha gente conoce los Déjà vu pero lo de ese día fue algo mucho más grande.
Era el segundo encuentro con los malnacidos que, no conformes con habernos robado tierra varios años atrás, nos habían robado plata el año anterior.
La tensión era enorme, era tiempo de revancha, de venganza. Era nuestra oportunidad de gritarles en la cara quiénes eran los verdaderos campeones, pero no se dio, otra vez no se dio.
Que condenadas las casualidades de la vida que nuevamente, luego de un enfrentamiento indefinido, la cuestión se resolvió a 12 metros de la gloria, igual que aquella vez.
En los barrios de Argentina la no había gente en las calles ni en los parques, estábamos todos ocupados gritándole de todo a ese pelado inútil, que inclinaba la balanza en nuestra contra y mordiéndonos las uñas esperando un milagro que nunca llegó. Y es que parecía que mientras más rogábamos que nuestros héroes despertaran y cumplieran con su deber, más se inhibían, se cerraban, se perdían.
Hasta que finalmente pasó lo impensable: el ídolo de todos los chicos y grandes del país dejó caer el sueño de una nación.
Se dice que el único dolo que se compara con el de ver esa pelota pasar al lado de ese palo, es el dolor de ver salir al que la pateó entre lágrimas jurando no volver. Pero los argentinos somos tercos, esperamos y rogamos que nuestro héroe vuelva donde pertenece, para llenar de alegría otra vez los corazones del país.
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