martes, 30 de agosto de 2016

Copa del mundo 2014

A veces creo que el fútbol es más que un deporte, sobretodo en este país. Hace que alabemos jugadores de una forma apasionada por hacer goles o jugadas increíbles para que luego al mínimo error les digamos las barbaridades más groseras de nuestro vocabulario, hace que declaremos guerra a nuestros eternos rivales brasileros, hace que lloremos de la bronca por saber que el pibe se merecía hacer el gol y hace que nos levantemos y gritando cantemos el himno con el mayor orgullo del mundo. Bueno así es el fútbol en mi país, y este día de julio frío del 2014 no fue una excepción.
Yo no se que fue lo que nos hizo ganar, si las cábalas, como la de doña Marta, la del frente, que le reza a todos los santos o la del quiosquero Iván que decora todo su quiosco celeste y blanco. Yo no se si fue que el entrenador holandés creyó que nos iban a ganar y se olvidó de cambiar el arquero, viste ese pibito que ponen que dicen que se especializa en penales. La cosa es que fuimos a penales y no había ni un argentino que no tuviera miedo, miedo de haber llegado tan lejos y perder así, por penales. Empezaron, patean ellos primero, estaban pateando bien los dos equipos, pero uno se equivoca y ahí estaba Romero, el chiquito haciéndose grande para atajarlo. Festejamos más que los goles, y ahí iba el último penal, y adentro señoras y señores. Argentina se levantó y gritó, fue una fiesta. Por que aunque el resto del año nos hayamos quejado de la corrupción o nos hayamos querido matar a trompadas entre nosotros, ese día eramos un todo, más unidos que nunca.

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