Una mañana, me
levanté para empezar el día. Salí de mi casa y me encontré milicianos
recorriendo el pueblo. Ellos me contaron sobre el avance del ejército español y
también de la falta de soldados que teníamos. Por ello, estaban enlistando a
quien quisiera unirse. La idea era tentadora. Estuve toda la noche pensando,
hasta que al amanecer, lo vi a Juan, mi mejor amigo, enlistarse. Eso me ayudó a
elegir: quién no hubiera querido tener una aventura con su mejor amigo. Así que
cinché el caballo y partí.
El viaje duró cuatro
noches. Cuando llegamos, comimos y descansamos para estar preparados para el
enfrentamiento. Me despertó un sonido de trompeta, era la alarma de un ataque
enemigo. Salimos todos de nuestras tiendas, semis-desnudos, y agarramos las
pocas armas que teníamos a mano. En medio del campo de batalla, Juan y yo
peleamos con toda adrenalina. Uno de los enemigos lo desarmó a Juan y, antes de
que el bárbaro lo matase, me interpuse entre Juan y la espada. Ahí percibí un
gran dolor en el pecho y, poco a poco, empecé a perder la visión.
- ¿Por qué estoy
luchando en una guerra que no entiendo? ¿Vale más una idea que mi vida? ¿Para
qué sirve la libertad, si estoy muerto? – pensé en mi último aliento.
De repente, me
levanté de golpe con un salto de la silla. El libro de Historia se cayó al
piso. Después de que se me pasara el susto, me fui a dormir de vuelta.
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