Su nombre era Josué. Lo pusieron contra el paredón junto con los muchos otros que, como el, corrieron la suerte de nacer en ese mundo. En ese momento cerró los ojos y recordó su vida hasta ese momento: sus amigos, su empleo, su madre, su libertad. Rememoró los 3 años que se las arregló para mantenerse con vida en ese lugar y volteó por última vez para ver la puerta por la que todos los días soñaba escapar de esa helada prisión.
Le dieron un momento para rezar las mismas oraciones por las cuales lo habían condenado. Sin embargo, las palabras no le salían de la boca, así que decidió que los últimos momentos de su vida fueran de silencio. Esos cinco minutos de espera fueron más duros que todos los años que había vivido allí.
El tiempo había terminado, junto con las esperanzas del joven de ver la primavera una vez más. El oficial dio la orden y el chico se desplomó al suelo junto con todos sus compañeros. La sangre que brotó de él fue tal que se escurrió por el suelo hasta atravesar la misma puerta por la que había soñado salir. La misma se esparció por la fría nieve a las afueras de la prisión de hielo. Al ver esto, con sus últimas fuerzas Josué sonrió, por fin era libre.
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